ANTECEDENTES HISTÓRICOS



b) La Conquista

Para la época en que el territorio duranguense fue descubierto por los españoles, la tribu tepehuán ocupaba los hoy municipios de: Tepehuanes, El Oro, San Bernardo, Santiago Papasquiaro, Canatlán, Durango, Mezquital, Rodeo, San Juan del Río, Pánuco de Coronado, Pueblo Nuevo, Peñón Blanco; constituyendo la nación más poderosa de la comarca. (Sáenz, 1999)

Se resume que debido a la actividad y al espíritu de conquista de estos indios, los tarahumaras los denominaron "tepeguani" que quiere decir "conquistadores", y que este nombre se popularizó entre todas las tribus comarcanas y fue al fin adoptado por la misma tribu.

Con los primeros contactos españoles a la zona tepehuán, una gran parte de ellos murió ante las grandes epidemias que traían los colonizadores y las tribus no tenían nada para contra restarlas, presumiendo que por estas regiones habitaban un número importante pertenecientes a esta etnia.

La conquista de los tepehuanes llegó a distintos lugares que estos habitaban, siendo principalmente en el centro del Estado (Canatlán, Santiago Papasquiaro, Tepehuanes, etc.) a los cuales se enviaron distintos religiosos que eran los fundadores de las distintas misiones.

Avitia (2000), manifiesta que “la presencia de la Corona Española en tierras mezquitalenses datan desde 1530, cuando el Capitán Pedro Almendes Chirinos, que formaba parte de la expedición de Nuño de Guzmán visitó Huazamota, 25 años antes de que iniciara la conquista formal de la Nueva Vizcaya. Lugar en el que algunos españoles se asentaron en ese lugar, dedicándose a la agricultura y la minería…la primera rebelión antihispana, es protagonizada por los tepehuanes en 1539. Tras la celebración de un mitote en el centro ceremonial de Taxicaringa, dieron muerte al encomendero Juan de Arco, liberándose de su dominio para retomar su seminomadismo”.

Sarabia (1979), en sus crónicas manifiesta que las primeras incursiones españolas al municipio de Mezquital, se remontan a 1532, en el recorrido que realizaron Cristóbal de Oñate y José Angulo, que partieron de San Miguel de Culiacán en noviembre de 1531, pasando por Topia, Valle del Guadiana, San Francisco del Mezquital, Huazamota, Huaynamota y finalmente llegar al Valle de Metatipac y Santiago de Compostela, capital de la Nueva Galicia, hoy Estado de Nayarit. Posteriormente en 1560, se fundó una misión de visita en la localidad de Agua Zarca, comarca que era constantemente recorrida por Fray Pedro de Heredia, posteriormente en 1586, fundó el convento de Mezquital y dos años después en 1588, funda la misión de San Francisco en el barrio indígena llamado “Pueblo de Jacales”. Para en 1590 se establecen misiones de visita en Atotonilco, Paura y El Troncón.

A la llegada de los misioneros Franciscanos en 1588 encabezados por Fray Pedro de Heredia, el pueblo del Mezquital ya existía con su nombre original de "Odam´tam", que significaba "Pueblo de Indígenas" habitado por tepehuanes; posteriormente varió el nombre a "Bodam´tam" por lo que Fray Pedro de Heredia y sus compañeros Franciscanos únicamente bautizaron este pueblo con el nombre de San Francisco de Mezquital, por ser un lugar donde abundaban los mezquites, siendo el lugar que actualmente ocupa la cabecera Municipal.

En el año de 1940 por decreto del Gobierno del Estado, San Francisco del Mezquital siendo el pueblo de mayor importancia tanto por su número de habitantes como por su desarrollo; se constituyó como Cabecera Municipal, es ahí donde se administran los bienes del Municipio.

Villanueva (2007), manifiesta que el 20 de marzo de 1580, se fundó la misión de Santa María de Huazamota por los Frayles Andrés de Ayala, Andrés de Medina y Francisco de Tenorio; cuatro años después el 4 de agosto de 1584 los indios de Huazamota y de sus alrededores se rebelaron contra los misioneros, le pusieron sitio al convento y luego le prendieron fuego a la iglesia donde se refugiaban. Aquella turba de indios echó a empujones fuera del templo al padre Ayala, para luego golpearlo brutalmente, hasta que un indio les asestó un machetazo en el cuello, cercenándole la cabeza. Al ver aquello el padre Gil corrió y se refugió en una huerta, hasta donde fue alcanzado por los insurrectos indios enfurecidos, dándole muerte a flechazos y cortándole también la cabeza; las cabezas de los frailes las pusieron a cocer les quitaron la carne y las cargaban en un palo que utilizaban en sus ceremonias en señal de victoria. El padre Francisco Tenorio escapó de morir porque aquel fatídico día, había salido a un mineral cercano a Huazamota, a bautizar a algunos indios.

Cometido este crimen, los rebeldes empezaron su obra de destrucción y de muerte, viéndose precisada la Audiencia de Guadalajara, a mandar tropas que los combatieran, habiendo salido a auxiliar a dichas tropas el Capitán Juan Salas, que estaba en el Calabazal, Zacatecas. Este capitán logró la captura de la mayor parte de los cabecillas y condujo a más de 1000 prisioneros a Guadalajara donde fueron ahorcados los principales promotores de la rebelión, quedando los demás prisioneros como esclavos. (Villanueva, 2007)

Gallegos (1960) señala, que con motivo de la fundación de la provincia de la Nueva Vizcaya, siendo Nombre de Dios el centro religioso más importante de la Provincia, el Obispo de Guadalajara, Dr. Pedro de Ayala, nombra al primer inquisidor de la región, al guardián del convento, Fray Pedro de Espinareda quien inició algunos proceso inquisitoriales en algunos lugares de la comarca incluyendo al Mezquital en el que se inició juicio contra Bernardo Luna.

De los primeros conventos fundados por la orden de San Francisco en la Nueva Vizcaya, fue el de San Mateo de Sombrerete, actualmente del Estado de Zacatecas. Era guardián de ese convento en 1580, Fray Juan Serrato que sabiendo que el demonio con los pocos secuaces que le habían quedado, vivía ya retirado en las barrancas de las sierras, pues que de la tierra llana lo habían ya arrojado los cristianos, que alzaban los conventos como castillos roqueros y fortalezas, a donde llegar no podía él que antes allí reinara, determinó ir a buscarlo a sus últimas trincheras.

Partió dejando su pacífico convento en compañía de unos indios cristianos para recorrer las asperezas de la Sierra de Michis y por último habiendo llegado a Atotonilco, lugar poco distante de San Francisco del Mezquital, allí ayudado por los indios sus compañeros, con menosprecio derribó y quemó los ídolos que se encontraban en sus adoratorios, recibiendo por aquella acción una indignación y enojo; locos de ira, a flechazos mataron al padre y a los cristianos que lo acompañaban, su cadáver junto con el de sus compañeros fueron trasladados y sepultados en el templo de San Francisco de Nombre de Dios. (Sarabia, 1956)

En el año de 1616 el movimiento de resistencia impulsado por los tepehuanes sigue vigente; dadas las condiciones en que se desarrollaba la conquista y la opresión a la que se sometía a los indígenas de la región, decidieron levantarse en armas contra los conquistadores, desatándose una rebelión de tal magnitud en la que murieron ocho sacerdotes de diversas órdenes, además de numerosos indígenas y españoles. La corona española temerosa de que la lucha se expandiera por más regiones mandó fortificar las líneas de presidios de Zacatecas y San Luis Potosí dando por perdidas las posesiones de la Nueva Vizcaya, pues con la toma de Mezquital, concretada en cuanto dio inicio el conflicto, se cerraban las posibilidades de una comunicación segura hacia el sur, además de dificultar el posible abasto de víveres y refuerzos, con lo que ponía además en grande peligro las posesiones de la Nueva Galicia.

El obispo Lorenzo de Tristán (1770, citado en Sarabia, 1979) relataba la situación que reinó en la gran rebelión de 1616, relatando: "...por tres ocasiones ha padecido la Nueva Vizcaya sublevaciones de los indios tepehuanes. La más terrible y que puso en cuidado a la dominación española fue la del año del 16, en que alevosamente confederados los indios tepehuanes, que se hallaban situados en poblaciones desde la sierra del Mezquital por toda la cordillera hasta el Parral, que sin intermisión corren más de 120 leguas, tuvieron atrevimiento y valor para presentarse armados y en campo de batalla en las inmediaciones y llanuras de esta capital de Durango.

En el sitio que se llama Cacaria, hasta la Sauceda y Canatlán se formaron más de 25000 indios resueltos ciegamente a sacudir nuestra dominación y como ellos decían a comprar su antigua libertad a costa de sus vidas, estos rebeldes dirigidos y aconsejados de algunos o de muchos hombres mulatos, negros y malvados, entablaron su acción con mucha astucia, y con prevención del arte militar: primeramente se apoderaron del pueblo de San Francisco y de su iglesia que es la cabecera de toda la vasta extensión del Mezquital, por tener en sus barrancas y montañas una retirada bien segura en caso de que perdiesen la batalla.

Practicaron horribles crueldades con los españoles y sacrilegios inauditos en el santuario; fue intempestivo y sin noticia alguna su alzamiento y salieron a contenerlos seis misioneros Jesuitas, a cuyo cargo corría la administración de sacramentos; pero no se contuvo su bárbara crueldad porque a los primeros encuentros los hicieron pedazos y dueños del santuario profanaron los vasos sagrados, ornamentos e imágenes.

Tomado este terreno se aseguraron de tener guardadas las espaldas para cualquier retirada que pudiera ofrecer la contingencia de la batalla, al mismo tiempo impedían pudiere entrar socorro a los españoles de la ciudad de Zacatecas o de su provincia, porque son frontera muy continua a todas aquellas barrancas y no lo pensaron mal si les hubiera salido bien, porque fortalecidos 25000 indios por toda la cañada y asperísimas montañas del Mezquital, ni la Nueva Vizcaya podría tener socorros, ni la de Zacatecas que está inmediata y podría estar segura de sus crueldades.”

Como lo expresa Ortega (1944), por los años 1617 y 18 llegó haya con los nayeres, hasta Compostela, el Capitán Bartolomé de Arisbaba, enterado de que numerosos tepehuanes que habían participado en la rebelión del 16 en la Nueva Vizcaya, habían huido intentando refugiarse en las montañas cercanas a Huazamota, para asegurar sus vidas en esta tierra; vino este de la ciudad de Durango, por orden de Gaspar de Alvear y Salazar Gobernador de la Nueva Vizcaya a fin de castigar a cuanto rebelde se encontrara. En este lugar de Compostela fue apoyado con una tropa a fin de ser acompañado hasta Huazamota. Los españoles que protegían estos lugares Miguel Caldera, Salazar y Cortés formaron parte del contingente que por temor cedieron su obediencia añadiendo aún la sesión de sitio y donación de las tierras necesarias para que se fundase el pueblo de Guazamota. Con esta serie de privilegios el Capitán Arisbaba se auto nombró “Conquistador del Nayar” dejando gravadas en una piedra que se conserva en la entrada del Templo de Huazamota las siguientes cláusulas: “Gobernador Don Gaspar de Alvear y Salazar Caballero del Orden de Santiago de este Reino de la Nueva Vizcaya, por su orden el Capitán Don Bartolomé de Arisbaba, mandó hacer estos torreones y conquistó esta provincia del Señor San Joseph del Gran Nayar, la atrajo y redujo a la obediencia de Su Majestad, año de mil seiscientos dieciocho”

El resultado no fue satisfactorio porque el maltrato hacia los indígenas continuó casi hasta su total exterminio, al perder la batalla los indios pidieron paz, por lo que se formaron nuevos pueblos, aunque muy diseminados, al final de la batalla los indios se retiraron al Mezquital.

Hacia 1715 el Gobernador de Durango, deseando tranquilizar la provincia por medios pacíficos, fomentó la formación de colonias mixtas que antes había ensayado el gobernador Don Manuel San Juan y Santa Cruz; pero tampoco esta medida daba los resultados ambicionados, pues las rebeliones se sucedían constantemente y en 1747 se intentó como medio de pacificación, los repartimientos o reservaciones de indios que podrían ser eficaces para la implantación de la paz en ese territorio.

Se establecieron estas reservaciones aumentando con ello los sufrimientos de los oprimidos. Comunidades enteras eran desorganizadas y sus ejidos se refundían en los latifundios vecinos. Los indios eran tratados duramente, no sólo por las autoridades, sino por los eclesiásticos; se les azotaba para obligarlos a trabajar, o bien porque no concurrían a los oficios religiosos, porque no daban gratuitamente los servicios que exigían los sacerdotes; se les obligaba a trabajar perpetuamente en las minas sin que volvieran a ver la luz del sol, dándoles una alimentación deficiente. En las haciendas eran hostilizados utilizándolos como bestias. Con los repartimientos en cuestión, los hijos, madres y esposas eran apartados de sus padres, esposos, hermanos, sin que volvieran a verlos jamás. Eran vendidos como animales, y en caso de venta de las haciendas, los indios figuraban como semovientes.

Con tales tratamientos era inevitable que los indios, indignados, huyeran a las serranías y provocaran frecuentes insurrecciones; pero debido a su falta de unificación y solidaridad fueron impotentes para rechazar la dominación, ahora su liberación se hacía imposible por serles aún más desfavorables las circunstancias. Todo esto acabó por ahuyentar, en dos siglos a los indios, que en gran parte se remontaron a las serranías escabrosas del Sur, a donde frecuentemente fueron hostilizados por los españoles e indios sumisos. (Gamiz, 1966)

Las epidemias, las guerras, el trabajo en las minas, las hambrunas y la persecución permanente acabaron con la presencia tepehuán al norte del Estado.

El mayor número de individuos de la tribu que rechazaron la conquista, se refugió en las serranías del sur del Mezquital. Muchos intentaron refugiarse entre los nayaritas, encontrando oposición de dicha tribu, que facilitó a los españoles y tropas auxiliares para combatirlos. Otros núcleos de menos importancia se remontaron hacia el Norte, perdiéndose sus restos entre las tribus de Sonora.

La región sur del Mezquital, hasta entonces, estuvo deshabitada. Los fugitivos empezaron a poblarla construyendo sus chozas de manera provisional por tener esperanza de reorganizarse y volver a conquistar la patria que los invasores les había arrebatado. Esa inútil espera originó su completo atraso; nada hacían en firme, ni construir casas, ni roturar tierras, ni establecer poblados. Primero la esperanza de que alguna circunstancia imprevista les permitiera recuperar su territorio; después, su conveniencia de vivir ignorados en aquellas lóbregas serranías.


c) La Independencia


Los tepehuanes permanecieron durante los tres siglos de dominación, desconectados casi por completo del resto de la población; el odio hacia los dominadores se transmitió en esta raza de padres a hijos extendiéndose también hacia los mestizos y a todo cuanto con la raza conquistadora se relacionaba, lo que ocasionó sin que se advirtiera, una esclavitud y una barrera que cerró por completo las puertas del progreso. Su estancamiento se debió a que derrotados, abatidos y presas de la amargura por haber perdido su patria y del odio irreconciliable hacia quienes se la arrebataron, buscaron en la comarca que habitan un refugio contra la persecución de los dominadores, un sitio donde conservar a toda costa su libertad salvaje. Además abrigaron por largo tiempo la esperanza de poder un día reconquistar el suelo patrio perdido, y todas esas circunstancias los introdujeron a la inactividad, a la inercia absoluta que acabaron por convertirse en características y aún en instintos raciales.

Una vida paupérrima, inactiva, vida de añoranzas y tristezas como de odios y rencores; abandono completo de toda actividad, concentrando todas sus esperanzas en sus dioses; en constante malicia y en constante desconfianza, no admitieron de manera alguna a ningún extraño, ahuyentando a todos los individuos que osaron internarse en aquellos lugares inspirados por una idea de cultura y de redención para la infortunada raza.

Hacia principios del siglo XIX la dominación española se hacía ya insoportable en el país y en diversos lugares se conspiraba contra la monarquía; algunas conspiraciones repercutieron hasta la tribu tepehuán, encontrando en la conciencia de aquella raza un campo propicio. En el año de 1808 pudo comprobarse que numerosos gobernadores, justicias e indios principales de los pueblos tepehuanes, estuvieron inmiscuidos en una gran conspiración con tendencias a la independencia de México. En este año el maestro Bruno Liceaga quien laboraba en la comunidad de Santa María de Ocotán, denunció la conspiración de los pueblos tepehuanes. Habiendo sido invitado a una junta revolucionaria, se dio perfectamente cuenta de las finalidades que se perseguían y de los elementos que estaban implicados, denunciándolos enseguida e informando que éstos estaban en contacto con un centro revolucionario de la capital de la Nueva España que trabajaba por la independencia de México.

La denuncia fue certificada y robustecida por Leandro Delgado, cura del mismo pueblo, aclarándose que la conspiración estaba ramificada por los pueblos del Mezquital, Huazamota, Santa María de Ocotán, San Francisco de Ocotán, Taxicaringa, Teneraca, Xoconoxtle, Yonora, San Buenaventura, San Lucas de Xalpa, San Pedro de Xícora, Temoaya y otros lugares, presumiéndose que era dirigida por José Domingo de la Cruz Valdez, Gobernador de Mezquital y General de los tepehuanes con sus ayudantes Francisco y Aguilar de los Reyes, Lorenzo Galindo de Temoaya, así como por José Tomás Páez, Gobernador de Huazamota. Jefes que eran muy queridos y respetados por los indígenas. (Gamiz, 1966)

El gobierno de la Nueva Vizcaya mandó hacer investigaciones y se inició una época de persecución y de cruel hostilidad hacia los indios, situación que se prolongó hasta fines de 1810. En octubre del año referido, exasperados por aquella situación, pequeños grupos de estos indígenas empezaron a insurreccionarse uniéndose a un fuerte grupo que se levantó en San Andrés del Teúl. Este grupo, con buen contingente que se le unió en Huejuquilla, se internó en la comarca de Huazamota, Mezquital y norte de Jalisco, agitando a los pueblos en favor de la independencia.

A principios de noviembre salió una expedición comandada por el capitán insurgente Sixto José de Córdova, quien reclutó numerosos indígenas, enviando 478 al mariscal Don Rafael de Iriarte. Siguió su labor de reclutamiento con éxito y marchó a incorporarse con numeroso contingente al capitán Don Pedro José Beltrán y Meza. En el pueblo de Xoconoxtle una guerrilla realista aprehendió a un individuo que conducía un oficio dirigido por el capitán Córdova al capitán Beltrán, donde le manifestaba algunos movimientos insurgentes que realizarían. Esto motivó que el gobierno destacara numerosas guerrillas a la comarca del Mezquital y Huazamota las cuales aprehendieron y fusilaron a numerosos indígenas, en su mayor parte inocentes; quemaron pueblos enteros y arrasaron las pequeñas sementeras. Tal suerte corrieron los pueblos de Teneraca, Xalpa, Santa María y San Francisco de Ocotán y otros. No respetaron los realistas a ancianos, mujeres y niños que eran asesinados sin misericordia.

Los indios se remontaron con sus familias a las serranías, huyendo de la persecución que no hizo más que avivar el fuego de la insurrección. Desde aquel año de 1810 la región estuvo constantemente infestada de guerrillas revolucionarias que eran abatidas y dispersas por las compañías realistas. El 17 de mayo de 1813 una partida de indígenas de San Miguel de Temoaya atacó a una fuerza realista comandada por los alférez Cristóbal Rodríguez y Cornelio Blanco a inmediaciones de Taxicaringa, causándoles pérdidas y derrotándolos por completo; pero inexpertos en la guerra y temiendo ser atacados por mayor número, se retiraron en desorden, dando oportunidad para que algunos de sus grupos fueran tiroteados por los españoles, quienes cogieron a un indígena prisionero. Este declaró que todo el pueblo de Temoaya estaba convocado para sorprender a la tropa el día 17, día que se había señalado para que se realizara una insurrección de todos los pueblos tepehuanes.

El 19 de mayo fueron fusilados en San Miguel de Temoaya los principales cabecillas de la insurrección: Lorenzo Galindo, Antonio y Pablo del mismo apellido, Francisco Moreno y José Andrés Barraza. Ejecución que se llevó a cabo a la vista del pueblo para que sirviera de escarmiento.

Todo esto empeoró la situación de los indígenas, que eran perseguidos y cazados como fieras. Caían víctimas de las balas, atravesados por lanzas o espadas de los españoles, hombres, mujeres, ancianos y niños, sin antecedente ninguno, ni averiguaciones. Remontados los indios en las regiones más escabrosas, frecuentemente caían por sorpresa sobre guerrillas españolas destruyéndolas, siendo memorables las derrotas que estos insurgentes infringieron a los realistas cerca del Cerro de la Campana, en la Boca del Mezquital y cerca del Capulín a fines de 1813 en que la capital de la provincia se vio presa del pánico temiendo un ataque de los revolucionarios. (Gamiz, 1966)


d) La Revolución


Para el periodo de la Revolución Mexicana, mientras los hermanos Arrieta hacían oir su grito de guerra por la Sierra Madre Occidental, en el extremo este del estado, dio inicio sus operaciones militares el jefe rebelde zacatecano Luis Moya, secundado por los hombres del durangueño Panfilo Natera, por el sur en Mezquital se realizaba el alzamiento con jefes naturales de auténtica extracción popular, el 6 de febrero de 1911, Luis Moya, tras ocupar Nieves, Zac., incursionó en el territorio mezquitaleño, que sin encontrar resistencia ocupó San Francisco del Mezquital, al que se unieron varias personas tanto mestizos como tepehuanes. En abril de 1911, después que la vida continuaba en aparente calma y los grupos rebeldes no afectaban la cotidianidad, una gavilla de bandoleros comenzó a atacar diversas poblaciones mezquitaleñas y los miembros de la etnia guerrera tepehuán acabaron con ellos en Huazamota, aunque nunca se supo cuál era la bandera que enarbolaban. Para mayo de 1918, algunos hombres de la guerrilla villista de Alberto Jiménez, intentaban reunirse con las tropas de Canuto Reyes en la hacienda del Capulín y el día 17 del mes los rurales de Temoaya, dirigidos por Dámaso Barraza, combatieron a los villistas mezquitaleños. El 15 de febrero de 1921, Dámaso Barraza de une a las filas del que fuera Gobernador Domingo Arrieta, quien personalmente vino a entrevistarse con algunos líderes mezquitaleños hasta la Cabecera Municipal; Domingo Arrieta fue el primero en ingresar a territorio mezquitalense en vehículo motorizado. En la entrevista que tubo con los jefes revolucionarios, la única intención era hacer oposición al gobierno de Huerta, en esta fecha atacan la Cabecera Municipal de San Francisco del Mezquital, enfrentándose a la defensa social que dirigía Julio Chávez; dos meses después varios arrietistas mezquitaleños son fusilados por las tropas del General Martínez.

El 18 de mayo de 1922, en Huazamota, Florencio Estrada que posteriormente sería uno de los principales Jefes Cristeros, junto con sus cuñados de apellido Muñoz, emboscaron y dieron muerte a Primo Ortiz, cacique de Huazamota, dueño de tierras y de vidas en la región, en la que poco había sucedido en los doce años de guerra revolucionaria. La vida de los huazamotecos era insoportable bajo el yugo del cacique serrano. La prensa local de Durango daba la noticia, más que como un suceso lamentable, como un beneficio para la zona. Después de este suceso, Huazamota volvió a vivir, sus guardias no dejaban la gente en paz y nada se podía hacer sin su consentimiento. (Avitia, 2003)